Por Luis Carlos Díaz

“Imágenes que informan de una realidad donde significaban las imágenes”,

Carlos Monsiváis. Días de Guardar.

Nadie vio a una cuenta de Twitter arrojando una piedra, ni un perfil de Facebook cubriéndose de las lacrimógenas, no hay registro alguno de un grupo de WhatsApp ensanduchado entre dos militares, sobre una moto, con rumbo desconocido. Lo que vimos en meses de protesta fue a la gente en la calle, pero el hilo invisible que los tejía a todos [o a la mayoría] eran sus redes de comunicación. Cada uno de los espacios digitales que conectaban personas fueron una segunda piel que acompañaron todo el proceso de las jornadas de indignación y construcción de resistencias, por eso las redes fueron protagonistas, o al menos el espacio donde los protagonistas dejaron testimonio de su lucha, su ocupación de espacios públicos y su movilización.

Las protestas en la era hiperconectada tienen características absolutamente distintas a las conocidas anteriormente. Cada ciudadano es a su vez un potencial narrador, con capacidad para registrar, difundir y multiplicar mensajes, también para recibirlos de distintas fuentes, de forma descentralizada, autónoma y burlando la censura oficial. Eso es un infociudadano, y los venezolanos llegaron a 2017 curtidos de una crisis continua que han brindado suficiente experiencia. Pero las crisis no tienen fondo y siempre se pueden descubrir nuevos niveles.

El nuevo lenguaje que desafía

La primera novedad del ciclo 2017 es que el ritual de consumo informativo había cambiado por completo entre los infociudadanos venezolanos. Se calcula que 60% del país tenía contacto cotidiano con el Internet, una cifra que para la empresa consultora, Tendencias Digitales, demuestra un estancamiento en el crecimiento con respecto a nuestro histórico.

Eso significa que la contracción económica también afectó la conectividad, su velocidad y la capacidad de incluir a nuevos usuarios. Sin embargo, entre los participantes, estaban activos alrededor de 10 millones de teléfonos inteligentes con capacidad para consumir y nutrir de información las aplicaciones que conectan con redes sociales. Dentro de ellas, millones de usuarios acudían como cazadores furtivos a buscar nueva información en plataformas tan populares como Twitter, Instagram, WhatsApp y Facebook, para satisfacer su carencia de contenidos.

Ese ritual evitaba la televisión, pues a diferencia de la década anterior, los canales estaban impedidos de transmitir cualquier imagen o alusión a las protestas y las acciones represivas del Estado en vivo y directo, incluso en la mayoría se invisibilizaba en la agenda de sus noticieros. A lo sumo algunas emisoras radiales hacían reportes y balances, con todas sus limitaciones y amenazas de Conatel; mientra que los diarios, con su temporalidad, cubrieron como pudieron, aún agonizando por la escasez de papel, lo que ocurría cada jornada.

Sin embargo los líderes fueron los medios digitales, pero no todos. La preferencia de los usuarios por los espacios confortables donde están sus amigos marcó la tendencia de consumo. Es decir: los venezolanos se informaban por el “filtro social”, que es la selección de contenidos e insumos que comparten sus amigos, en una red compleja, dispersa, rizomática y que respondía a las necesidades particulares de cada grupo de usuarios, según sus filiaciones.

Asimismo, las redes sirvieron como catalizador para acelerar la toma de decisiones, el contagio de la movilización, la organización de comunidades, las comunidades de discusión y la multiplicación de la indignación cuando algo rompía la actualidad y se sumaba a los saldos del día. Todo en pantallas móviles que la gente cargaba en la palma de su mano, para difundir videos, fotografías, audios (muchas notas de voz) y textos. incluso con espacio para los errores, los rumores, las mentiras infundadas y las campañas de desinformación en medio de la crisis. Aún así, los venezolanos fueron más poderosos porque estuvieron conectados, y eso es algo que la hegemonía supo rápido.

Redes son asombros colectivos

Para el teórico de la sociedad del conocimiento, Manuel Castells, en su libro Redes de indignación y esperanza (2012): “El cambio social supone una acción individual, colectiva o ambas a la vez, que, en su base, tiene un motivo emocional”.

Por esa razón, la base de las comunicaciones digitales, tan humanas y cercanas porque hablan el lenguaje de la gente y procesan de forma orgánica y colectiva cada vivencia compartida, se relacionan con las descripciones que hace Castells sobre las emociones que se despiertan:

“La ira aumenta con la percepción de una acción injusta y con la identificación del agente responsable de la acción. El miedo desencadena la ansiedad, que se asocia a la evitación del peligro. El miedo se supera compartiéndolo e identificándose con otros en un proceso de acción comunicativa. Entonces se pasa a la ira, que lleva a un comportamiento que asume riesgos. Cuando el proceso de acción comunicativa induce la acción colectiva y se efectúa el cambio, la emoción positiva más fuerte prevalece: el entusiasmo, que potencia la movilización social deliberada. Los individuos entusiastas y conectados, una vez superado el miedo, se transforman en un actor colectivo consciente”.

Cada espacio digital sirvió para satisfacer a su manera el hambre informativa que generaba el ímpetu propio de la movilización en calle. El final del día todos querían saber “cómo vamos” y “cuánto falta”, pero no había respuestas para eso, tan solo el parte del día.

Una plataforma como Twitter lideraba las redes sociales no por la cantidad de usuarios, sino por la posibilidad de aglutinar la atención de quienes querían seguir los sucesos en tiempo real, la manera en la que los contenidos se viralizan allí y cómo saltaban a la agenda de debate público.

Facebook por su parte, constituía el espacio de las conversaciones entre grupos interesados, además de un interesante espacio para la difusión de videos. Asimismo, tomando el espacio que alguna vez tuvieron los blogs, sirvieron como bitácora personal que cada día registraba descargas y estados de ánimos de los usuarios, en la intimidad de sus amistades.

Instagram sí dio uno de los virajes más interesantes de los que se tenga registro. Como en principio la red honra la fotografía y además es un carrousel de ostentación, publicaciones placenteras y la búsqueda de una estética aspiracional… en momentos de protesta mutó a ofrecer gráficas más poderosas y cuidadosamente elegidas para impactar y generar efectos. No se publicaba cualquier fuego o cualquier capucha: tenía que haber composición, profundidad, perfecto encuadre y definición. Hasta los fotógrafos profesionales compitieron por más y mejores imágenes esos días, ganaron reconocimiento público y un lugar privilegiado en los choques de calle, y muchos multiplicaron su cantidad de seguidores en medio de la avidez por contenido de calidad.

WhatsApp le permitió a millones de habitantes, con menos conocimientos sobre herramientas digitales, difundir y registrar información en un entorno más seguro y privado. La viralidad de contenidos en WhatsApp, sin un centro visible, permitía que la información corriera de grupo en grupo rápidamente y sin tener grandes medios masivos, cubrió a su manera una nueva forma de ser ‘mainstream’. También, al ser un protocolo de mensajería privada, permitía confirmar información y conversar sobre contenidos aún en su etapa germinal, cuando no están completamente procesados como para difundirse formalmente en un medio periodístico.

De la información a la acción

Lo que vemos como ensayo permanente fue la constitución rápida de comunidades digitales con nexos construidos sobre la base de la confianza y la emergencia. Con capacidades de difundir contenidos a alta velocidad, registrar los desmanes del poder y conectar con medios de comunicación que verificaran y publicaran.

La tecnosocióloga turca, Zeynep Tufekci, autora del libro de 2017 “Twitter and Tear Gas” [Twitter y gas lacrimógeno: el poder y la fragilidad de la protesta conectada] define al mundo digital en el que cohabitamos como un “mundo caótico de las esferas públicas”.

Allí ocurren cosas que nos han transformado como tejido social:

“los ciudadanos comunes o activistas pueden generar ideas, documentar y difundir noticias de eventos y responder a los medios de comunicación. Esta nueva esfera también tiene puntos de estrangulación y centralización, pero diferentes a los del pasado. La esfera pública en redes ha surgido con tanta fuerza y rapidez que es fácil olvidar qué tan nueva es. Facebook comenzó en 2004 y Twitter en 2006. El primer iPhone, anunciando la era del teléfono inteligente y conectado en redes, se introdujo en 2007. La gran extensión de la conectividad digital puede cegarnos ante el poder de esta transformación. No debería. Estas dinámicas son mecanismos sociales significativos, especialmente para los movimientos sociales, ya que cambian el funcionamiento de un recurso clave: la atención. La atención es el oxígeno para los movimientos. Sin eso, no pueden prenderse el fuego”.

Los días de abril 2017 y siguientes fueron los meses de mayores dinámicas de periodismo colaborativo, con unos saldos cognitivos y capitales relacionales que en la actualidad presentan oportunidades para seguir narrando al país. Es como tener una gran mesa de redacción distribuida, con centenares de miles de potenciales narradores preparados para la próxima coyuntura. Es capacidad instalada y conocimiento forjado en la experiencia. Porque las energías que se crean en un movimiento de alta tensión social, también se pueden encauzar en la difusión de información que le permita a otros sensibilizarse, ponerse al día, tomar decisiones y movilizarse con mayor eficiencia. Siempre que haya aprendizajes colectivos, como cuando se confirmaba una información y dejaba de ser un rumor, o se desechaba justamente por carecer de validez.

Por últimos, las redes sociales son también el espacio de la memoria colectiva. No sólo tuvieron un poder de efecto inmediato, con difusión global y atención en la agenda pública, sino que también son el espacio donde han quedado registradas las emociones, las manifestaciones de solidaridad, las mil y un maneras de protestas, las manifestaciones hiperlocales que de pronto tenían a todo el país en vilo, las relaciones con la diáspora venezolana que aún desperdigada por el mundo seguía los destinos del país (porque todos además cuentan con mejor ancho de banda). Todo ese conjunto de materiales sigue esperando por procesamiento y estudio, porque fueron los relatos mestizos de unos días tensos, en los que la mayoría tuvo una cuota de acción y un fragmento para compartir. En redes se procesó el dolor de las muertes y la rápida construcción de un “nosotros” que se reconocía en la resistencia de decirle que no, otra vez, a quienes violaron el orden constitucional. En redes se desatarán los nudos para el país que viene.

2017: Año de protesta en rebelión