Rafael Uzcátegui | En la década de los 80´s, en las postrimerías de los años de vacas gordas, los venezolanos que no podían ir a Miami se iban de shopping a Cúcuta. En mi caso, la relación con el Norte de Santander provenía de la ascendencia andina. Comprar en Almacenes Ley o Tía, dormir en hoteles con aire acondicionado y, en general, caminar por calles de un un país ajeno fue lo más cercano a Disneylandia que tuvo mi generación clase media provinciana de infantes venecos. El bolívar era un Gulliver frente al peso colombiano y quienes lo llevábamos para gastar cruzando el Puente Internacional Simón Bolívar, eramos literalmente dioses. Para los venezolanos, pero especialmente para los habitantes del lado colombiano, esto siempre iba a ser así. Nadie se podía imaginar que dos décadas después los papeles se intercambiarían. Y tan dramáticamente.

La explosión de la debacle económica  ha generado que la diáspora sea la última de las crisis que los gobiernos de la región deban afrontar. Los venezolanos en Colombia se han convertido en la principal corriente migratoria del hermano país en toda su historia. Los que tienen con qué, aterrizan en el aeropuerto internacional El Dorado, de Bogotá. Para el resto, el principal punto de entrada, el 48% del total, es por Cúcuta. En la ciudad hacen lo que sea para ganarse unos pesos, algunos con la ilusión de continuar más adentro su búsqueda de un futuro.  Si desean viajar a otra ciudad, deben sellar su pasaporte en migración Colombia mostrando un pasaje.  En la urbe con mayor desempleo de Colombia, los venezolanos son limpia vidrios, venden agua en los semáforos y ofrecen en la calle cualquier producto traído del otro lado.

Una de esas tardes calurosas del Norte de Santander, José David Caña Pérez, sacerdote de la parroquia San Pedro Apostol de La Parada, escuchaba con atención el llamado del Papa Francisco sobre la misericordia con los migrantes alrededor del mundo. Su figura, morena y generosa, se puso manos a la obra. Junto a sus parroquianos comenzó a montar una olla de sopa para 100 comensales, que comenzó a ser repartida a las familias de venezolanos que cruzaban el puente con intenciones de quedarse. Aquel improvisado comedor popular rápidamente se divulgó entre quienes sus miles de bolívares, ahorrados con sacrificio, se diluían en unos pocos pesos. La demanda, y las preocupaciones del padre Cañas, crecieron como la espuma de una Cerveza Cristal recién servida en el agobiante calor cucuteño. Aquella nueva responsabilidad lo agobió al punto de tomar la decisión de cerrar el comedor. Días antes de bajar la santamaría, mientras José David decidía cómo informar la clausura, escuchó a una chiquita de 8 años expresar frente al plato de comida “¡Gracias Dios mío por no dejarnos morir”. Con su acento, el padre preguntó: “Mamita, ¿Qué le pasó?”. La niña le contó que tenía 4 días viajando por tierra desde el centro de Venezuela. Que no habían comido nada durante el trayecto, pero tenían la esperanza que si llegaban a la frontera la iglesia les iba a dar de comer. Con lágrimas en los ojos, que se repiten que cada vez que lo recuerda, José David Caña Pérez decidió que no podía dejar de ayudar a los venezolanos, aunque la vida se le fuera en ello.

Sin embargo, la vida le ha sido generosa, y el padre David se lo atribuye al poder benefactor de lo que hoy se llama “Casa de Paso Divina Providencia”, que cada día reparte casi dos mil platos de comida a los migrantes venezolanos, priorizando por niños, mujeres embarazadas y abuelos. Un equipo de 70 voluntarios, de los cuales 25 son venezolanos, administran la obra caritativa cuyos costos al mes son de 100 millones de pesos –casi 35 mil dólares-, incluyendo los 400 mil pesos del alquiler de esa casa con un patio tan amplio que permite que los comensales puedan estar cómodamente sentados. Ese comedor funciona en base a donaciones, que no han parado de llegar. Incluyendo la de sus feligreses que aumentan mes a mes sus contribuciones. Desde que las hacen sus propios negocios han mejorado, y se lo atribuyen a la Casa.

Cuando estuvimos de visita en el comedor, observando las colas de ancianos y niños que esperaban su turno, el padre Cañas nos decía que con 1 dólar se le daba “desayuno y almuerzo a un hermano venezolano”. Lo mínimo que podíamos hacer, le prometimos, era intentar que la diáspora venezolana colaborara. Por eso este texto.

Los aportes económicos para apoyar la Casa de Paso Divina Providencia se pueden consignar en la Cuenta de Ahorros Bancolombia: 08865722720,a nombre de la Diócesis de Cúcuta, NIT 890500597.

En caso que soliciten información adicional para donaciones desde el extranjero:

Código Swift: COLOCOBM (en caso que le pidan 11 dígitos indicar que se agreguen tres X, es decir, queda COLOCOBMXXX).
A nombre de Diócesis de Cúcuta NIT: 890500597-1
Dirección: Av. 1 27 131 San Rafael
E-mail: diocesisdecucuta@gmail.com
En caso que soliciten la dirección de Bancolombia: Cl. 4 #3-24, Cúcuta, Norte de Santander

Sociólogo y editor independiente. Actualmente es Coordinador General de Provea
@fanzinero
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