Rafael Venegas/ El pasado 5 de octubre, Día Mundial del Docente por resolución de Naciones Unidas, se convirtió en Venezuela en día nacional de protesta contra la crisis y en demanda de solución a los graves problemas derivados de ella. Concebida inicialmente por los gremios y movimientos magisteriales del País como ocasión propicia para elevar sus reclamos por mejores salarios y condiciones de trabajo y por una educación de calidad para todas y todos, la convocatoria se fue convirtiendo en punto de confluencia de sectores sociales y laborales a fin de expresar su descontento y exigir sus derechos. Así, importantes sectores populares levantaron su voz a lo largo y ancho del territorio nacional, pese al silencio impuesto por la hegemonía comunicacional del régimen.

Desde los pequeños piquetes, que en alguna esquina o plaza de cualquier ciudad o pueblo reunió a un grupo de ciudadanos para esgrimir en una pancarta, un cartel y una consigna su reclamo frente a los bajos salarios, la carestía de la vida o el colapso de los servicios públicos, hasta grandes movilizaciones como las registradas en Cumaná, Carúpano o Maturín, el 5 de octubre se transformó en un gran cauce sobre el cual convergieron las múltiples vertientes del malestar social acumulado. Al influjo de la iniciativa del magisterio, y animados por la ola de protestas que durante tres semanas sacudió la pasividad y el pesimismo de muchos, se fueron produciendo las articulaciones, las coordinaciones y adhesiones que hicieron posible la sincronización de los esfuerzos y el éxito de la jornada.

El reclamo popular, no obstante, parece no tener interlocutores. Frente a las distintas manifestaciones y demandas sociales la dictadura solo responde con la descalificación de la protesta, con la indiferencia y el silencio para jugar a su desgaste y agotamiento, con la utilización de sus grupos violentos para provocar y agredir a los manifestantes o con el empleo de la represión abierta para ahogar el legítimo derecho a reclamar derechos bajo una lluvia de “gas del bueno” y perdigones, de detenciones masivas y judicialización de la protesta. No hay respuesta satisfactoria a las demandas sociales porque no hay voluntad política ni capacidad para ello.

A la luz de lo dicho hasta aquí, luce recomendable hacer un balance de lo ocurrido a fin de sacar algunas enseñanzas y conclusiones: por una parte, el éxito alcanzado en la convocatoria del 5 de octubre, nos indica que es posible pasar de la espontaneidad, relativa y parcial, de las protestas que antecedieron y estimularon esta jornada, a la articulación de un movimiento nacional organizado, unificado, que potencie y canalice el descontento popular, le dé conducción y direccionalidad política y le abra perspectivas de victoria. Por la otra, es necesario elevar la lucha por las reivindicaciones parciales al plano de la lucha por el cambio político, sin renunciar en ningún momento a la legitimidad, pertinencia y urgencia de procurar soluciones concretas a los graves problemas que sumen en el empobrecimiento y el hambre a nuestra gente.

Formular un pliego de reivindicaciones comunes que unifiquen las demandas sociales; articular los liderazgos y organizaciones gremiales, sindicales y populares; hilvanar una vasta red de organización social y política que se extienda hasta el último rincón del País; formular un plan de acción y un cronograma de movilizaciones de diversos tipos y magnitudes; entre otras cosas, es parte de lo que, a nuestro juicio, podría contribuir a darle cauce al descontento social, a unificar las luchas de los distintos sectores en conflicto y a acumular fuerzas en función de un cambio radical en la conducción y orientación del rumbo de la Nación.

Para esto es necesario promover un espacio de encuentro de los líderes de este movimiento. Un espacio en el cual se encuentren, para la reflexión, el diálogo y el entendimiento, Rubén González y demás dirigentes obreros de Guayana, con José Teixeira, Jesús Malavé y otros lideres gremiales y sindicales de Sucre; Niuman Páez, Teodomiro Aguilar y demás integrantes de ASTA-Aragua, con Carlos Petit y otros dirigentes del Zulia; Ana Rosario Contreras y Pablo Zambrano, del sector salud, con Raquel Figueroa, Lourdes Ramírez y Víctor Márquez, del movimiento magisterial y universitario; Emilio Lozada y el movimiento de jubilados y pensionados, con los dirigentes petroleros, estudiantiles y populares. En fin, en cada estado y en cada sector social existen los líderes y las organizaciones llamados a dar un paso al frente en la dirección señalada.

A este esfuerzo exhortamos, fraternal y solidariamente, a la Plataforma Nacional de Conflicto, a la Intersectorial Nacional de Trabajadores, a la Unidad de Acción Sindical y Gremial, a los líderes del movimiento estudiantil, al Frente Nacional de Mujeres y demás instancias unitarias y de articulación. La gravedad y profundidad de la crisis, el acelerado deterioro de las condiciones de vida y trabajo de nuestro pueblo y la angustia, el descontento y el reclamo de cambio que anida en la inmensa mayoría nacional exige con urgencia la unidad de los que luchan y para la lucha. Amplitud, desprendimiento, flexibilidad, sentido práctico y la renovación del compromiso indeclinable con el País y el pueblo son, a nuestro modo de ver, las bases sobre las cuales edificar el andamiaje unitario que hoy es necesario y posible construir.

(*) Profesor de la Universidad Central de Venezuela, Secretario General de Vanguardia Popular.