Rafael Venegas/ Recientemente, hemos sido testigos de dos eventos que, de algún modo y en alguna medida, concitan la reflexión sobre el papel de la izquierda en las actuales circunstancias nacionales y, tal vez, si no es mucha pretensión, en el contexto internacional de hoy. Por una parte, el Foro de Sao Paolo, evento de larga tradición que reúne a variadas y disimiles organizaciones políticas y movimientos sociales de nuestro continente. Por la otra, el ciclo de foros iniciado por PROVEA y el Centro Gumilla para discutir en torno al rol de la izquierda y su futuro en Venezuela, teniendo como telón de fondo y como referencia inmediata la experiencia de 20 años de la llamada ”revolución bolivariana”.

Hablar de la izquierda, sin embargo, es hablar de una formulación ambigua. Ella no resume una doctrina, una corriente teórica o filosófica, una ideología o un ideal de sociedad o de nación únicos. Si bien podríamos decir que una postura de izquierda supone un campo de crítica común al status quo imperante, la respuesta o alternativa a las iniquidades e injusticias que cuestiona no siempre son las mismas. Proponemos, entonces, la posibilidad de que un conjunto de denominadores comunes sirvan de paraguas para cubrir los variados matices o tendencias asociadas a la tradición de izquierda. Estos serían, entre otros, los siguientes: la reivindicación o defensa de la soberanía nacional y la autodeterminación de las naciones y pueblos frente a todas las formas del colonialismo y la dominación; la inclusión, la equidad y la justicia social frente a todas las formas de explotación, opresión y desigualdades de diverso orden; la defensa de las libertades y garantías democráticas, individuales y colectivas, frente a todas las formas de autoritarismo, totalitarismo o dictadura; la defensa y preservación de la naturaleza, el medio ambiente y el equilibrio ecológico frente a un modelo de desarrollo voraz e irracional, depredador y expoliador, que destruye las fuentes de agua, la biodiversidad del planeta y, en general, la naturaleza toda; la asunción del ejercicio de la política como un apostolado de servicio a la gente y no como la ocasión o la excusa para la acumulación de poder, el robo de los dineros públicos, el enriquecimiento personal, la ostentación y el lucro; el respeto más escrupuloso de los derechos humanos y la condena radical y firme a todas las formas de trato cruel, degradante e inhumano.

De este conjunto de postulados podría desprenderse, como síntesis, un programa de luchas para el aquí y ahora y un ideal compartido de sociedad por construir: aquella que es capaz de concebir el desarrollo y el progreso en perfecta armonía con la naturaleza y teniendo en el ser humano al sujeto fundamental y destinatario de los mismos; que es capaz de conjugar las aspiraciones de progreso y desarrollo, así concebidos, con la garantía de la soberanía e independencia nacionales; que es capaz de hacer compatible el logro de la justicia social con el ejercicio pleno de la libertad y de la democracia. Este ideal societario no es un modelo teórico ni entra en consideraciones, de momento, acerca de los caminos para su advenimiento o concreción. Tal vez sea solo el paradigma utópico para las aproximaciones asintóticas pero, de cualquier modo, debe ser un faro que guie nuestros pasos e ilumine el camino a recorrer. En ambos casos, como plataforma de luchas y como ideal de sociedad, lo más importante es la coherencia y consecuencia que en torno a esto se tenga. En otras palabras, nada de doble moral o de doble discurso, nada de que el fin justifica los medios, nada de ser uno cuando luchamos contra los poderes formales o reales y otro muy distinto cuando somos nosotros quienes ejercemos el poder.

Y he aquí el contraste nítido entre uno y otro evento: mientras el Foro de Sao Paulo hace mutis en torno al Informe Bachelet, se tapa los oídos para no escuchar los gritos desgarrados de quienes sufren las torturas, voltea la cara para no ver a nuestros hermanos luchando contra los perros o las aves de rapiña por un mendrugo de pan escarbado en la basura. Mientras los asistentes al Foro de Sao Paulo van del hotel cinco estrellas al auditorio con aire acondicionado, sin padecer la calamidad del Metro y los apagones recurrentes; la deserción de profesores y estudiantes a todos los niveles del sistema educativo; la ausencia elemental de agua, gas y comida en la mesa de los pobres que son la inmensa mayoría nacional; el hambre, la miseria, la inseguridad y la incertidumbre respecto del futuro, que expulsa fuera de nuestras fronteras a cerca de cinco millones de compatriotas. Mientras el Foro de Sao Paulo, en fin, rinde pleitesía a un régimen que es la negación de todos los postulados que asociamos con la izquierda; por otra parte, el modesto foro convocado por el Centro Gumilla y PROVEA nos propone repensar la izquierda a la luz de su devenir histórico, de cara al examen de las resultas arrojadas por más de cien años de experiencia socialista en el ejercicio del poder en escala planetaria y, más en lo específico, por los veinte años de la mal llamada “revolución bolivariana”.

Un modesto foro sin pretensiones concluyentes, más allá de la reflexión sincera y la búsqueda genuina, propuesto como un cotejo entre paradigmas e ideales versus realizaciones y evidencia empírica, no para el lamento lastimero y resignado, sino para el replanteo de nuestra definición, de nuestro rol y perspectivas con vistas al futuro mediato e inmediato. Un replanteo que, para nosotros, tiene mucho de reafirmación, de crítica y autocrítica, pero nada de vacilación o dilema existencial. Un modesto foro llevado a cabo en un modesto lugar, la Parroquia Universitaria de la UCV, espacio por antonomasia para el encuentro de quienes luchan por las causas más nobles, quizás para que al fondo del debate realizado resonara aquel pasaje bíblico que reza: “por sus obras los conoceréis”. No por otra cosa, agregamos nosotros.

Rafael Venegas: Profesor de la Universidad Central de Venezuela y activista político

 

.