Calixto Ávila | La crisis es un momento de excepción y nos preguntamos ¿cuándo es que vamos a volver a la normalidad, y qué va a pasar cuando volvamos a la normalidad? ¿Qué tipo de normalidad va a emerger de la crisis? ¿Y, si esta crisis dura indefinidamente? Estas son algunas preguntas del filósofo Etienne Balibar, al ser interrogado a su vez sobre el rol de la filosofía en tiempos de pandemia. La disertación se centra más en la normalidad europea, y compara la situación actual a un juego de muñecas rusas: la primera muñeca es la crisis sanitaria creada por la pandemia, y dentro de ella está una crisis económica y social que se está desarrollando y que está como suspendida, y dentro de ella a su vez, una tercera muñeca que es una crisis de valores, espiritual y muy profunda. En particular, dice el filósofo, la pandemia revela las exclusiones sociales, pues no golpea de la misma manera a todos y, más aún, revela un proceso de eliminación social insoportable e invivible.

Extrapolar esta reflexión a la situación venezolana no puede menos que generar una gran angustia. En primer lugar, porque la crisis no es un momento de excepción sino una situación permanente, convertida en algo aún mayor: una emergencia humanitaria compleja. Y en segundo lugar, porque es otro el orden de las muñecas rusas: la crisis sanitaria no ha sido creada por la pandemia, ya existía y era de profundas dimensiones; la crisis económica y social no es algo suspendido esperando el final de la pandemia, sino que el pueblo venezolano la vive, desde hace años, como habitante del país o como migrante forzado; y, la crisis de valores y espiritual es capoteada por los venezolanos desde hace rato con sus capacidades de resistencia y sus enormes expresiones de solidaridad humana.

La noción misma de “volver a la normalidad” es tan dramáticamente distinta que el pueblo venezolano no sueña con volver a vivir como vivía antes de enero o febrero de este año. La exclusión social tampoco ha sido revelada por la pandemia, sino que ya era evidente y masiva en Venezuela como lo atestiguan los millones de migrantes forzados y los millones de venezolanos necesitando ayuda humanitaria. La normalidad venezolana no era ni es normal, sino una inhumana situación de precariedad y vulnerabilidad que afecta a la mayoría de la población.

Aun suponiendo el mejor de los escenarios, gracias a las divinas providencias o a una muy improbable buena gestión de la crisis sanitaria agravada por el COVID-19, la situación venezolana podría ser aún peor de lo que hemos conocido hasta ahora. Así se desprende del reciente Informe Global sobre las Crisis Alimentarias 2020 elaborado por el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y por 15 socios humanitarios y de desarrollo. Venezuela, el país con las más grandes reservas petroleras del mundo y que recibió el equivalente a 10 -¡diez!- planes Marshall por exportaciones entre 1999 y 2015, es el cuarto país con la peor crisis alimentaria en el mundo en 2019. La lista está formada, en orden de gravedad decreciente, por Yemen, la República Democrática del Congo, Afganistán, Venezuela, Etiopía, Sudán del Sur, Siria, Sudán, Nigeria y Haití.

Venezuela solo es antecedida por Yemen, un país con años de conflicto armado entre las fuerzas huzíes y la coalición que apoya al gobierno yemení dirigida por Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, con graves violaciones al derecho humanitario particularmente cometidas contra mujeres y niñas. Le sigue la República Democrática del Congo, con un conflicto armado que enfrenta al gobierno y a cerca de 40 grupos armados locales y extranjeros, y que cuenta con una misión de estabilización de la ONU que no ha impedido el agravamiento de la situación en especial en la región de Kasai. Luego viene Afganistán devastado por años de guerras que enfrentan actualmente al Talibán, a un grupo de Estado Islámico y a las fuerzas progubernamentales. Venezuela, sin un conflicto armado y sin una catástrofe natural, viene en cuarto lugar, lejos de Haití que ocupa el décimo lugar, y cuyos habitantes migraban hacia Venezuela en décadas pasadas huyendo del hambre y las penurias de su país.

Es importante señalar que las situaciones en República Democrática del Congo y Afganistán se encuentran bajo el conocimiento de la Corte Penal Internacional (CPI), mientras que Venezuela se encuentra bajo examen preliminar en la Fiscalía de la CPI. Los crímenes cometidos en Yemen no pueden ser conocidos por la CPI, pues ese Estado no ha ratificado el Estatuto de Roma. En esos cuatro países, graves crímenes de guerra o contra la humanidad han contribuido sin duda a que sus poblaciones sean hoy las más vulnerables del mundo frente a las hambrunas que predicen las organizaciones internacionales especializadas. Para el economista del Programa Mundial de Alimentos, Arif Husain, “La (sic) COVID-19 es potencialmente catastrófica para millones de personas cuyas vidas ya penden de un hilo. Supone un golpe para millones de personas más que solo pueden comer si ganan un salario. Los confinamientos y la recesión económica mundial ya han diezmado sus ahorros. Solo se necesita un shock más, como la (sic) COVID-19, para llevarlos al límite. Debemos actuar colectivamente ahora para mitigar el impacto de esta catástrofe mundial”. Como consecuencia de la pandemia, el PMA prevé que el número de personas en situación de inseguridad alimentaria aguda (Fase 3 o peor de la escala de la Clasificación Integrada de las Fases de la Seguridad Alimentaria)  aumente a 265 millones en 2020, 130 millones más de los 135 millones en esa situación en 2019. Como afirma Yngrid Candela, investigadora de Provea, “el escenario en Venezuela es más precario en relación a otros países, considerando que la emergencia del COVID-19 se superpone a la emergencia compleja que ha generado el colapso general de todos los sectores y que ha conducido al país a la dependencia de asistencia humanitaria externa. Ante el COVID-19, la posibilidad de acceso a estos recursos se verá limitada por el incremento de la demanda mundial y las dificultades para la gestión financiera y operativa”.

Actuar colectivamente es una necesidad urgente dentro y fuera de Venezuela, no solo para las agencias internacionales humanitarias y de desarrollo, sino para la sociedad y para quienes detentan formas de liderazgo social o de poder político en Venezuela. Tampoco se puede olvidar el llamado de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos para que las sanciones internacionales sectoriales se atenúen o se suspendan.  Es evidente que a los llamados a unir esfuerzos para superar la pandemia, se añade la urgente convocatoria a unir esfuerzos para evitar que la hambruna se duplique en los próximos meses en el país. Estamos lejos de alcanzar una normalidad humanamente normal en Venezuela, y el agravamiento de la situación de hambre nos alejará aún más de esa posibilidad, profundizando peligrosamente un “proceso de eliminación social insoportable e invivible” como el referido por el filósofo Etienne Balibar.

Calixto Ávila, consultor de derechos humanos y representante de Provea en Europa.