Rafael Venegas/ Carlos me llamó para decirme que la esposa de José estaba muy enferma y que necesitaba unas medicinas con urgencia:

–Compañero, la esposa de José está hospitalizada en el Victorino Santaella, en Los Teques. Tiene un derrame sanguíneo en el útero y una grave infección y necesita con urgencia unas medicinas. ¿Será posible conseguirlas con tu hermana? ¿O con cualquier otro amigo o compañero que pudiera tenerlas?

–Vamos a intentarlo, Carlos, déjame tocar algunas puertas. ¿Qué le pasó a Natasha? Envíame un mensaje con los nombres de las medicinas para empezar a moverme en eso. Te mantendré informado.

–No sé muy bien los detalles del caso, pero José me dijo que le pusieron un dispositivo intrauterino en un ambulatorio en Charallave y parece que no le hicieron bien las cosas. En lo inmediato te envío en un mensaje de texto el nombre de las medicinas.

En la actitud de Carlos, en primer lugar, celebro la solidaridad y la diligencia ante la situación. Tal vez le faltó la acuciosidad necesaria para indagar con mayor precisión en los detalles del caso, siempre es importante, pero no sensibilidad y compromiso para involucrarse y actuar. Al fin y al cabo, a los efectos de ayudar, y esto es lo segundo que quiero destacar, lo más importante es conseguir las medicinas lo más rápido posible y en eso andaba el compañero.

Cefadroxilo de 500 mgs, Ibuprofeno de 400 mgs y Fumarato ferroso de 300 mgs. Antibióticos, analgésicos y hierro. Uno para atacar la infección y parar el derrame, otro para aliviar los dolores causados por la enfermedad y otro para restablecer los valores sanguíneos y combatir la anemia sobrevenida del derrame. Si lo vemos bien, y con la mayor consideración y respeto por José y Natasha, nada extraordinario: un cuadro clínico perfectamente controlable y un grupo de medicinas de circulación ordinaria, si no fuera porque en Venezuela la crisis del sistema de salud equivale a un colapso generalizado del servicio.

José vive en los Valles del Tuy, es un hombre joven, licenciado en Educación y ejerce en un liceo de Charallave. Es un luchador social incansable, muy activo en su gremio educativo y muy involucrado en las luchas de su comunidad. Con Natasha, también una profesional joven, tiene ya tres hijos y todas las carencias y necesidades derivadas de la espantosa crisis que en mala hora nos ha tocado padecer. Pensando en el futuro de su familia, y agobiado por los problemas de la supervivencia, proyectaba navegar en la corriente migratoria para ir a parar a algún puerto del sur, Chile o Perú, probablemente. Pero antes, en acuerdo con su esposa, quiso aprovechar la ocasión ofrecida para ponerle control a la paridera de muchachos. Son una pareja urgida de ingresos para asegurarse las condiciones mínimas indispensables para llevar una vida sin mayores apremios; modestamente, sí, pero con cobertura, al menos, de las necesidades básicas; y para ver crecer a sus hijos sanos, educados y productivos; útiles a su familia, a su comunidad y a su país.

Un operativo especial de instalación de dispositivos intrauterinos, también un procedimiento de rutina, ambulatorio, le aseguraría el control de la fertilidad a Natasha para seguir bregando juntos en medio de tantas calamidades. No obstante, las deplorables condiciones en que se llevan a cabo las labores médicas y la promoción de salud en todos los centros de servicio del país y, seguramente, algo de impericia o mala praxis por parte los responsables de realizar el acto médico, condujeron a que aquello se convirtiera en un verdadero infierno.

A los pocos días las primeras señales de un sangramiento, unos días después aparece la fiebre y a la semana el cuadro se complica. Un dolor agudo en el vientre, un derrame copioso de sangre y fiebres delirantes que no había manera de bajar. El primer paso es volver al ambulatorio pero allí podían instalar el dispositivo pero no tenían los medios para extraerlo. El resultado es apenas medidas paliativas para tratar de controlar la fiebre. Más nada. Así comienza un vía crucis que llevó a Natasha y a José de Charallave a Caracas: del Hospital Universitario al de El Llanito, de allí al de Los Magallanes, de Los Magallanes al Pérez Carreño y, finalmente, al hospital Victorino Santaella. En ninguno de estos centros de salud había manera de atender el caso, garantizar la hospitalización requerida o, al menos, ingresarla por emergencia para extraerle el aparato. No es necesario insistir en que lo demandado apenas exigía elementales condiciones y medidas que, en otras circunstancias, habrían sido posibles garantizar en el más modesto y apartado ambulatorio del país. Pero ni para eso da el sistema de salud, tirado al abandono y a la ruina por un gobierno indolente que ha dilapidado billones de dólares en corrupción, ineficacia, demagogia y represión.

Mientras más se deteriora el servicio de salud, se hace más grave el déficit de insumos y equipos médicos, se encarece el precio de las medicinas y los servicios asociados al sector, aumenta la deserción de personal médico y especializado (de acuerdo con la FMV, 5.000 médicos han abandonado el país en los últimos años, sin tomar en cuenta a otros profesionales del sector), se les pagan salarios míseros y se les niega sus convenciones colectivas a los trabajadores del área; mayor es el incremento de la demanda del servicio como consecuencia de los estragos producidos por el empobrecimiento, el hambre y la miseria. 24% de la población infantil registra déficit nutricional creciente y las cifras de mortalidad por desnutrición se van incrementando rápidamente. Solo en el estado Monagas, según reportes de prensa, en los primeros cuatro meses del año se registraron 40 muertes de infantes por esta causa. Los venezolanos solo consumen hoy el 14% de las proteínas necesarias, según la especialista Susana Raffalli, alertando particularmente que la caída del consumo cárnico y lácteo tendrá irreversibles consecuencias en el déficit nutricional de las nuevas generaciones.

Pero hay otros males asociados a la pobreza y el hambre que también proliferan: la prostitución a todos los niveles, incluida la prostitución infantil, el tráfico de personas en las zonas fronterizas, la mendicidad y el consumo de basura, el trabajo infantil y semiesclavo, entre ellos. Hay una propagación mayor de enfermedades de diverso tipo, una mayor vulnerabilidad de la población frente a estas y menos condiciones del sistema de salud para atenderlas. Una crisis pavorosa que parece no tener fin, que vulnera criminalmente los derechos más elementales del ciudadano y que ha hecho añicos la Constitución, las leyes y los tratados internacionales.

Con la ayuda solidaria de los compañeros, Natasha pudo salir airosa de su padecimiento. Conseguimos las medicinas oportunamente, fue posible cubrir otras demandas y necesidades asociadas a la circunstancias (pasajes, comida, pañales desechables, entre otras) y, empujada por la saturación del hospital, fue enviada a su casa a concluir el tratamiento e iniciar la recuperación. Al final, como reflexión y aprendizaje de la experiencia vivida, José me señaló dos cosas: 1) La solidaridad es un valor inestimable que debemos cultivar y fortalecer en proporción a la crisis. 2) Definitivamente, compañero, hay que quedarse aquí en este país luchando para ayudar a ponerle fin a esta tragedia.

Rafael Venegas es profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela