Rafael Venegas | Cuando recibí la llamada de la flaca Miriam me alegré. Hacía ya algún tiempo que no sabía de ella. Desde que dejé de caminar en las mañanas no la veo y sus llamadas son esporádicas. De mi parte, yo no llamo a nadie, me acostumbré a querer en silencio y a distancia.

–¡Profe, estás perdido! ¡Nos abandonaste! ¿Cómo estás? ¿Mucho trabajo? ¿O mucha farra? –Quiso mostrarme su rostro alegre de siempre pero se le quebró la voz cuando le pregunté por su hija:

–Se fue. Se me fue con su esposo y con el nieto para España hace ya un mes. Mi única hija y mi único nieto se me fueron, profe. Nos estamos quedando solos, nos estamos quedando solos, profe. Es muy triste.

Le di algunas palabras de consuelo, compartimos algunas reflexiones al respecto y entonces le pregunté por el grupo de caminatas y ejercicios de lunes a viernes a las seis de la mañana.

–Quedamos solo Edith y yo. De catorce que éramos hasta hace poco ya solo vamos quedando dos. Dorita viene de vez en cuando pero anda ocupada con la enfermedad de su esposo. Desde que lo operaron ha estado recorriendo hospitales para asegurarle las radioterapias, son treinta dos que se tiene que hacer. Pero tú sabes como está la cosa en los hospitales y no hay dinero para pagar una clínica. Bueno, ni para comprar un cartón de huevos o un paquete de harina pan, mucho menos para pagar una clínica. Y, bueno, ustedes que nos abandonaron, Rosa y tú nos abandonaron, no han vuelto. Tienes que volver, profe. De los demás ya tú sabes, la mayoría se ha ido del país. Por eso te estoy llamando, porque Edith y yo hablamos y dijimos que ya era mucha soledad para nosotras dos. Edith también se va. Tiene pasaje para Argentina el próximo 29. Nos estamos quedando solos, profe, nos estamos quedando solos –me repitió.

Ya no pudo contener más las lágrimas. El llanto, que se asomaba y se devolvía desde que empezó a contarme, desbordó el dique de sus ojos, ocupó el lugar de las palabras y una larga pausa se impuso para que hablara el dolor. Yo podía verla a través del hilo telefónico pero mis brazos y mi pecho no la alcanzaban para prodigarle alivio. Solo podía brindarle cauce a su desahogo, estimular su calma e insuflarle ánimo.

En efecto, María y Enrique están en España desde hace casi ya dos años y la casa acusa las señales del deterioro y el abandono. No han podido venderla y ya no tienen alguien que la cuide. Gladys, llamada por nosotros correcaminos, escogida simbólica y unánimemente como presidente del club de caminantes, su hija Anairú y sus dos nietos andan por Chile desde hace un año. Primero se fue Anairú, después mandó a buscar a sus hijos y finalmente se fue Gladys porque no soportó la soledad. El apartamento quedó al cuidado de una hermana. Deisy está en Perú, Denis se murió, Paola se regresó a Italia después de 40 años de vivir en Venezuela, Nerio se fue con su familia a Colombia, Magaly fue a parar a Ecuador y así el grupo se fue rediciendo a dos.

Miriam lloraba, su voz apagada emergía de un hondo foso de tristeza de forma pausada, interrumpida, amplificada por el eco de los ausentes en el espacio vacío que ha ido quedando. Hablaba de la falta de trabajo y de los sueldos, de lo inaccesible de los precios de la comida, de que se le dañó el fregadero y le están cobrando 300 dólares para reparar la tubería y volver a instalarlo, de que el ascensor no sirve y tiene que bajar y subir doce pisos todos los días varias veces.

–Lo que se daña se queda así, profe –me dijo–, porque no se consigue el repuesto y si se consigue no hay dinero para comprarlo. Todo es decadencia, profe, deterioro. Ya no me provoca salir de mi casa, no quiero bajar a caminar ni a hacer nada. Me quedo encerrada llorando hasta que me duermo. Estoy pensando en irme a Trujillo para no volverme loca, regresar con mi familia. Al menos estaré cerca de mi madre en sus últimos años de vida, ¿te dije que está sufriendo Alzheimer? La pobre, ya casi no reconoce a sus hijos. Pero me frena la falta de dinero. No quiero dejar el apartamento así como está porque se va terminar cayendo a pedazos. Tengo que repararlo y buscar a alguien que lo cuide. Si lo alquilo lo pierdo y si lo dejo solo también. ¡Qué tristeza, profe! ¡Qué tristeza! No hay piedad ni misericordia, profe. Si no sabes qué hacer con el país, si no estás en capacidad de enderezar esta vaina, coño, al menos ten piedad y misericordia con la gente. Renuncia a esa vaina y deja que otros se encarguen de este desastre. No queda hueso sano, profe, pero tampoco hay piedad ni misericordia.

Cerca de cinco millones de compatriotas han abandonado el país huyendo de la crisis. Es una problemática compleja que afecta todos los niveles de la sociedad y que acarrea una suerte desigual para quienes emigran. En este flujo se van jóvenes y talentosos profesionales cuyas capacidades encuentran alta demanda y excelentes remuneraciones, pero también humildes y empobrecidos venezolanos acosados por la xenofobia, la trata de blanca, la prostitución, el desempleo y el trabajo semiesclavo. Es una dolorosa y desgarradora situación de ruptura familiar, social y cultural asociada a la incertidumbre y el pesimismo ante el presente y el futuro del país, cuyas cifras se proyectan hacia los siete millones en los próximos meses, según estimaciones de ACNUR. La misma evidencia la profundidad de la crisis, el grado de saturación frente a ella y el profundo pesimismo conque se encara. Asimismo, se ha convertido en un problema creciente para los países receptores de esta masiva emigración y afecta sus economías y fuentes de empleos, las remuneraciones salariales y condiciones contractuales de sus trabajadores, la oferta y demanda de servicios públicos y aun la paz social y la estabilidad política de los mismos.

No son solo, sin embargo, los millones que se han ido o que se irán. Son también los que se quedan, rumiando la impotencia, sumidos en la pesadumbre y el dolor. No solo es pobreza, hambre y miseria sino también desesperanza y depresión colectiva. Es el cuerpo enfermo de carencias materiales y la psique vulnerada en su fragilidad: el alma enferma de melancolía y desilusión. El llanto de Miriam se me sembró hondo y su frase quedó resonando en mis oídos: no hay piedad ni misericordia. Pero si no las hay, entonces habrá que empinarse sobre el dolor y la ausencia, sobre el desaliento y la aflicción, para derribar los diques de la opresión y labrar con nuestro esfuerzo un país mejor.

Profesor universitario. Dirigente político. Secretario General de Vanguardia Popular