Rafael Uzcátegui | Los venezolanos no sólo hemos aprendido a convivir con la pobreza y la migración forzada, desconocida para el país petrolero de renta media que éramos, sino también a lidiar con la ausencia de democracia y la instauración de un gobierno que busca mantenerse en el poder indefinidamente. Si bien ya era un desafío el enfrentarse a un fenómeno político como el populismo bolivariano, la complejidad se elevó exponencialmente cuando decidió transformarse en una dictadura. Aunque no todo han sido desaciertos, la perplejidad de las oposiciones, para conjugarlas en plural, no ha permitido la eficacia necesaria para viabilizar el cambio político en el país.

Como se ha argumentado en otras oportunidades, desde la desaparición física de Hugo Chávez, pero especialmente a partir de diciembre del año 2015, cuando el oficialismo se transformó cuantitativamente en una minoría electoral y social, el conflicto venezolano dejó de ser ideológico y de clases. Lo que pasaremos a llamar el “campo democrático”, más por confluencia forzada que por estrategia, pasó a ser tan diverso como el país, con todos los matices que usted pueda imaginarse: Desde el chavista militante desencantado con Nicolás Maduro hasta, por llamarlo provocadoramente, el escualidismo radical originario. Todos, a su manera, abogaban por una transformación en el estado de las cosas. Y cada quien, desde su propia lógica -que uno puede compartir o no, pero esa es otra discusión- hicieron lo que estaba a su alcance para promoverla, bajo el convencimiento que era lo mejor para la nación.

Luego de la rebelión popular de 2017, nombrada así por la extensión, profundidad y consecuencias del desafío al poder en el espacio público, durante el año siguiente tuvimos un reflujo de la movilización por razones políticas, que volvió a emerger luego que, como consecuencia de un fraude electoral, se juramentara una persona como presidente durante 6 años. Por diversas circunstancias quien asumió la dirección de la Asamblea Nacional en ese momento emergió como líder visible y reconocido del campo democrático, como lo ratificó la amplia movilización que lo avaló en los primeros meses, con avances y desaciertos. Tampoco toda la gestión de Juan Guaidó han sido solamente errores, que los ha habido como parte del enfrentamiento a una situación inédita, la dictadura. Poquísimas personas pueden decir que tienen el ánimo, disposición y la vocación de sacrificio para estar en sus zapatos. Y eso, junto con otras virtudes, también hay que reconocerlas.

Sin embargo, nos guste mucho o nada la persona de Juan Guaidó, buena parte de su liderazgo es consecuencia del rol institucional que ha ejercido como presidente de la Asamblea Nacional. Y la conformación de esa Junta Directiva, nos agrade o no, tiene una fecha de caducidad. Desde diciembre de 2015, pero especialmente a partir del 10 de enero de 2019, todos en el campo democrático hemos sostenido que el Parlamento era el único poder con legitimidad de origen que quedaba entre nosotros, en una elección que, a pesar de los obstáculos, pudo ganar la oposición con sufragios. Por ello frente a la disyuntiva a corto plazo hay dos posibilidades: O las mayorías dentro del campo democrático nos ponemos de acuerdo para defender el bastión institucional que nos queda, peleando con uñas y dientes por condiciones y garantías en las próximas parlamentarias y, a pesar de todas las zancadillas que vendrán, conservamos con votos la mayoría democrática. La segunda opción es, frente a la repetición de la fórmula para ganar elecciones siendo minoría, decidiéramos no participar, con la conciencia plena que estamos entregando la Asamblea Nacional al madurismo y, con ella, el piso institucional que daba respaldo internacional a su decisión de conformar un gobierno interino para enfrentarse a la felonía autoritaria. Como consecuencia de ello, en tanto, la resistencia deberá adaptarse a las nuevas circunstancias que vendrían.

Cualquier decisión que tomemos debemos hacerla como ciudadanos informados y responsables, pero especialmente con vocación democrática, a pesar que nos estamos enfrentando a quienes no lo son. Ninguna de los dos anteriores será un camino express al “cese de la usurpación”, todo lo contrario. Demandará nuevos compromisos y sacrificios. Y, posiblemente, nos enfrente al dilema de o salvamos al propio movimiento democrático o preservamos el actual liderazgo. Porque siendo sinceros, en esta hora menguada, no vemos la manera de conservar las dos cosas al mismo tiempo. En algunos chats privados, el resquicio de dialogo libre que nos queda bajo el estado de alarma por coronavirus, comienza a surgir la tesis de la “continuidad administrativa”, que para resumirlo sugiere que sin participar en las parlamentarias se mantiene el interinato presidido por Juan Guaidó, con todas sus prerrogativas.

Como ya vimos con la “Operación Gedeón”, la frustración y el agotamiento es caldo de cultivo para cualquier delirio. Por eso habría que atajarlos apenas asoman la cabeza. Es difícil, pero no imposible, que Guaidó sea diputado en una próxima Asamblea Nacional, que lo vuelva a elegir presidente del hemiciclo . Pero para eso tendría que sortear las dificultades nombradas, ganar en su circuito con el que será seguramente el mejor candidato del chavismo y la campaña feroz en contra, sino también recomponer los pactos políticos internos de los partidos, que hoy también se encuentran torpedeados. Si por viveza, o presiones externas, se impusiera la tesis de la “continuidad administrativa”, pudiera mantenerse algún pedazo del liderazgo y reconocimiento internacional hacia Juan Guaidó. Pero a costa de sacrificar de implosionar definitivamente el actual movimiento nacional que aboga por el retorno a la democracia.

Tengo conocidos que, genuinamente, se alarman por las críticas públicas hacia los gestores actuales del interinato, creyendo que detrás de Guaidó no hay nada, sino el vacío. No comparto esta opinión. Hasta el 15 de diciembre de 2018, por poner una fecha, el joven diputado de Voluntad Popular era desconocido para la mayoría de los venezolanos. Su efervescente liderazgo, como presidente de la Asamblea Nacional no sólo fue posible por la base institucional, sino especialmente porque había un amplio y extendido movimiento democrático que comenzó a acompañarlo, entendiendo la gravedad del momento, compartiendo por ello la estrategia planteada al inicio. Cualquier subterfugio artificial podrá mantenerlo en los titulares noticiosos. Pero será sin las imágenes de las mayorías con las que se tomaba selfies, apenas en febrero de 2019. Un Juan Guaidó, en buena lid, tendrá mucha cancha política en la Venezuela del futuro. Una “continuidad administrativa” impuesta, como la mentira que será, tendrá las patas cortas.

Sociólogo y editor independiente. Actualmente es Coordinador General de Provea
@fanzinero
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