Raquel Gamus | Más allá de la especulación sobre la responsabilidad del gobierno chino en la expansión del coronavirus, algunas muy truculentas sobre la intencionalidad de su propagación, resulta innegable que la tardía actuación oficial tuvo un enorme costo global. En ello coinciden organizaciones internacionales muy respetables, que opinan que de no haber ocultado la realidad y censurado la información hubiese limitado sus posteriores fatídicos alcances.

En su estrecha y sesgada visión del mundo y de la política, el presidente Trump manipuló esta innegable realidad en una rueda de prensa en la que sustituyó el nombre de covid-19 por Chinavirus, lo que fue muy cuestionado por sus implicaciones xenofóbicas que afecta a una numerosa población china que no es responsable sino en todo caso víctima del excesivo control mediático. Trump no se quedó allí, sino que intentó aplicar un desatinado proceder de no detener la vida pública priorizando los indicadores económicos, que por supuesto no son desdeñables, por sobre la salud colectiva en vista de los efectos sobre su posible reelección. Las terribles consecuencias del virus y la controversia generada por  esta visión influyó decisivamente en su cambio de posición, que no alcanzó a atajar la tragedia que este país vive en la actualidad.

Cada gobierno  ha impuesto su sello en la forma de afrontar esta pandemia. Los de España e Italia (¿será por mediterráneos?) fueron inicialmente laxos en el cumplimiento de las normas de aislamiento, con consecuencias dantescas, un porcentaje de mortalidad muy superior al registrado en China. Por su parte, el gobierno de Angela Merkel no solo ha sido responsable con su población al tomar a tiempo las medidas necesarias sino que también ha insistido en la solidaridad con los más vulnerables.

América Latina no es la excepción a los desaciertos, los presidentes de México y Brasil, los dos gigantes regionales de izquierda y derecha respectivamente, han hecho gala de su prepotencia pretendiendo ignorar los efectos mayores de la pandemia. López Obrador con su imborrable sonrisa redentora, que hasta el momento no ha dado resultado para resolver las otras graves epidemias que azotan a México, se negó durante un tiempo prolongado al aislamiento, repartiendo abrazos y convocando a libérrimas concentraciones.

Por su parte, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, haciendo gala de su irresponsable improvisación, continúa aferrado a su negativa a la cuarentena social, contradiciendo la opinión y decisiones de la mayoría de instancias de poder en Brasil, que han forzado la imposición de medidas de aislamiento.

Los mandatarios de Chile, Argentina, Paraguay, Ecuador, Colombia, Uruguay Perú, Bolivia, y el canciller de Brasil mantuvieron una reunión virtual en el marco del brote de covid-19 en el continente, al término de la cual emitieron una declaración conjunta en la cual destaca la necesidad de hacer compras compartidas de insumos hospitalarios en el marco de la OPS, liberar el transporte fronterizo de mercaderías esenciales para el combate de la pandemia, además de la necesidad de un control estricto de las fronteras

El gobierno de Maduro reaccionó por su cuenta -apoyado en la medicina cubana y apostando a la cooperación del gobierno chino- en una acertada decisión temprana de decretar la cuarentena social. Pero la implementación se ha ajustado a sus criterios dictatoriales haciendo más férreo el cercenamiento de la libertad de expresión, monopolizando la información sobre el covid-19 a través del poco creíble ministro de Comunicación (el de Salud a estas alturas no sabemos si existe), vocero oficial de cifras acomodaticias. Ha detenido a periodistas, así como amenazado a clínicas, médicos, enfermeras y familiares de enfermos atemorizados por represalias.

El cumplimiento de las medidas sanitarias continúa prescindiendo de especialistas y en manos de la discrecionalidad de fuerzas represivas como la FAES y también de los colectivos que lo interpretan a su manera, especialmente en zonas populares donde se toman la atribución hasta de disponer arbitrariamente de la vida privada de sus moradores.

Imposible dejar de mencionar la deleznable segregación en el pago del pírrico bono del covid-19, otorgado solo a los ciudadanos poseedores del carnet de la patria.

La grave situación sanitaria y las inmensas dificultades económicas para enfrentarlas es un clamor recogido por Guaidó, quien propuso formar de urgencia un gobierno de unidad nacional, sin Maduro, que pueda atender tanto la crisis sanitaria como las dificultades económicas para enfrentarla, con unos objetivos precisos y que deja abierta la decisión sobre las formas de participación conjunta. La única respuesta que ha encontrado por lo pronto es la de incrementar la represión dictatorial y la expectativa silenciosa de la mayoría del país.

Antropóloga, especializada en política exterior, analista política y periodista radiofónica | @gamusraquel